ARTÍCULO EXCLUSIVO: Mi país cabe en un grupo de WhatsApp

Por Rafael Bonnelly Ricart
Legazpi, País Vasco, España

Cómo vivo mi dominicanidad a través de mis amigos del Colegio Loyola

Vivo fuera de la República Dominicana desde hace muchos años. Mi vida transcurre entre aeropuertos, husos horarios, reuniones virtuales y proyectos que se despliegan en distintos países. Sin embargo, todos los días —sin excepción— regreso a casa. No lo hago tomando un avión, sino abriendo WhatsApp.

Mi vínculo más constante, más genuino y más profundo con la República Dominicana pasa por un grupo que, en apariencia, no tiene nada de extraordinario: Loyola 79, el chat de mis compañeros de promoción del colegio. Un espacio donde se habla de todo y de nada. Donde caben la geopolítica, la energía, la economía, la religión, el humor absurdo, la nostalgia, la preocupación por los padres que envejecen y la risa que solo se produce entre quienes comparten una historia común.

En ese flujo continuo vive mi dominicanidad cotidiana.

La patria en modo conversación

Releer un día completo del chat es como observar un microcosmos del país —y de su diáspora— funcionando en tiempo real. En pocos minutos pasamos de discutir la calidad del fuel oil y sus efectos ambientales, a bromear sobre reuniones de Zoom que se caen, a coordinar una llamada “para hablar mucha M”, a compartir un mensaje profundo sobre la caridad cristiana, o a preguntar quién tiene contacto en un supermercado para resolver una urgencia concreta.

Ese tránsito permanente entre lo serio y lo ligero no es casual: es cultural. Es profundamente dominicano.

La patria no aparece aquí como una abstracción, sino como lenguaje compartido, códigos comunes, confianza acumulada durante décadas. No importa si hoy vivimos en Boston, Madrid, Bogotá, Costa Rica o Santo Domingo. El grupo borra las distancias y reinstala el barrio, el colegio, el recreo eterno.

Cuando la vida golpea, el grupo responde

Uno de los rasgos más reveladores del chat es cómo cambia de tono cuando la vida aprieta. Sin protocolos ni avisos previos, el grupo se convierte en red de contención.

La enfermedad de una madre, una pérdida inminente, una noticia difícil: el humor se silencia y aparece algo más fuerte. Oraciones. Mensajes breves pero cargados de afecto. Presencia.

No hay postureo. No hay discursos. Hay comunidad.

Y es justamente en esos momentos donde se hace evidente que Loyola 79 no es solo un grupo de antiguos compañeros, sino una fraternidad madura que ha aprendido que el éxito individual no tiene sentido si no se sostiene colectivamente.

De la conversación a la acción: nace la Fundación Loyola 79

De esa conciencia surge la Fundación Loyola 79, creada en 2021 y que no es una estructura impuesta desde fuera, sino la formalización de algo que ya existía en la práctica: la ayuda mutua.

La fundación nace casi como nacen muchas cosas importantes en el grupo: entre bromas que esconden verdades profundas. Un comentario recurrente sobre “confiscar” un porcentaje de cualquier buen negocio para la fundación termina cristalizando en un compromiso real. Porque en Loyola 79, cuando se dice algo muchas veces —aunque sea riéndose— acaba pasando.

La fundación canaliza se enfoca en el medioambiente, pero actúa para dar apoyo social, humano y económico, tanto dentro como fuera del grupo. Y lo hace con una ventaja enorme frente a muchas organizaciones tradicionales: confianza absoluta entre sus miembros. No hay que explicar demasiado. No hay que convencer. Se actúa.

El caso de Costa Rica: solidaridad que se mueve

Uno de los ejemplos más claros —y más duros— de esa solidaridad activa es el caso de un miembro del grupo que enfermó gravemente en Costa Rica. No se trataba de mandar mensajes de ánimo ni de hacer una colecta puntual. El grupo entendió que la situación requería algo más.

Y ese “algo más” ocurrió.

Se tomó la decisión de enviar a una persona, acompañarlo, traerlo de vuelta, organizar su traslado y financiar su estancia en un hospice, donde pudiera recibir los cuidados que necesitaba con dignidad. No fue una discusión larga ni un debate ideológico. Fue una respuesta práctica, humana y colectiva.

Hoy, varios miembros del grupo lo visitan regularmente. Están presentes. Acompañan. No delegan el cuidado en una institución abstracta: lo asumen como propio.

No fue un caso aislado

Lo más importante de esta historia es que no es única. A lo largo del tiempo ha habido otros episodios similares: situaciones de salud, dificultades económicas, momentos de vulnerabilidad extrema en los que el grupo —y la fundación— han actuado con rapidez y discreción.

No hay comunicados de prensa. No hay fotos para redes sociales. Hay acción silenciosa.

Ese es quizás el rasgo más valioso de la Fundación Loyola 79: la solidaridad no es performativa. No busca reconocimiento externo. Se ejerce porque es lo correcto, porque existe un vínculo previo, porque nadie queda atrás.

WhatsApp como territorio nacional

Para muchos dominicanos en el exterior, el país se manifiesta en la comida, en la música, en las visitas esporádicas, en la nostalgia. Para mí —además de todo eso— se manifiesta en un grupo de WhatsApp que nunca duerme del todo.

Ahí vivo mi dominicanidad real:

  • En la discusión apasionada.
  • En el chiste irreverente.
  • En la oración compartida.
  • En la solidaridad que se convierte en logística, dinero, tiempo y presencia.
  • En la Fundación que nace del afecto y no de la burocracia.

La República Dominicana, al menos para mí, no es solo un territorio físico. Es una conversación permanente con quienes crecieron conmigo. Y mientras ese grupo siga activo —mientras sigamos hablándonos, ayudándonos y riéndonos juntos— yo nunca estaré realmente lejos de casa.